Artículos para bibliotecólogos, lectores, profesores y demás personas interesadas en el mundo literario.
Las Bibliotecas y su compromiso con la Lectura
Por: Jorge Alfonso Sierra Q. jasierra@mercadeoeditorial.com www.MercadeoEditorial.com
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Existen palabras cuyo “mal-uso”, o su apropiación descarada por grupos impostores o por “Estados canallas” -como los llama Chomsky- terminan por perder su fuerza y significado primario y acaban reducidos a espacios herméticos, amarrados a conceptualizaciones muy diferentes de lo que al principio fueron, o intentaron ser.
“Libertad”, por ejemplo, significa una cosa “aquí y otra allá”. O “Democracia”, para usar solo dos ejemplos muy conocidos.
Como también es el caso de las palabras “Marketing”, “Publicidad”, “Promoción” y “Propaganda”, que incluso dentro del estrecho círculo de los especialistas en áreas en las cuales las usan, son mal utilizadas, confundidas y hasta a veces tergiversadas, razón por la cual ya nadie –excepto los publicistas y los marketineros de oficio- quieren usarlas, so pena de ser señalados como crematísticos, mercachifles o, cuando menos, personas de ideas light y sin sustancia.
En el ámbito literario, ni se diga. Por eso es que resulta tan difícil, a veces, explicar cómo podría difundirse, darse a conocer, extenderse, esparcirse, o simplemente propagarse óptimamente en su comunidad la labor de una Biblioteca, sin utilizar alguna de las palabras y sus sentidos, anteriormente reseñadas.
Si existe un problema dentro de nuestros países con las Bibliotecas, es que éstas han ido perdiendo su importancia y su incidencia primaria en la construcción del conocimiento, tanto en las comunidades en las cuales se hallan, como en las Universidades.
Cuando hace un poco más de 500 años el mundo se enfrentó al hecho majestuoso de que un invento como el libro, que para esa época ya llevaba 2.500 años, se salía del estrecho círculo de los monasterios y de las casas de los sabios para salir a difundirse entre todos los pobladores –al menos teóricamente- éstos, hasta entonces inmersos en la cultura de los sermones y de las imágenes, comenzaron a incorporar la cultura del texto en su vida diaria. Sin embargo, fueron sólo las elites intelectuales las que primero se apropiaron de este ventajoso instrumento, ya que las grandes masas, en las poblaciones, tardaron siglos en tener acceso al mismo.
Por su parte, en las Universidades, hasta bien entrado el siglo XVIII y principios del XIX, todavía predominaba la enseñanza escolástica, en donde el texto era sometido a una rigurosa discusión. El cambio hacia una educación centrada en la investigación y la búsqueda del conocimiento, fue lo que realmente permitió que estas Universidades abandonaran aquella enseñanza orientada sólo al texto y se diera preponderancia al conjunto de los mismos, pues estos tienen valor en cuanto recogen el saber sobre la naturaleza y la historia. Estamos hablando de que había llegado, con toda su carga de importancia, la Biblioteca.
Y desde entonces, ¿qué pasó? Que a partir de ese momento las Bibliotecas han sido -y son- centrales en toda producción del conocimiento: ¿en dónde, si no en una Biblioteca, se pueden comparar hipótesis, textos, validar o denegar teorías, investigar con rigurosidad la realidad social y científica y auscultar la literatura de todos los tiempos?
Por eso muchas Universidades, sobre todo en Inglaterra, Estados Unidos y Alemania, se lanzaron casi con frenesí a construir inmensas y completas Bibliotecas y a acopiar el mayor número posible de libros para que estuviesen a disposición de sus estudiantes, y más adelante, como en el caso de Francia en los últimos años, a la población entera.
Basta decir que la Universidad de Cambridge, por ejemplo, posee más de 9 millones de ejemplares disponibles, para una población de 10.000 estudiantes y que Alemania tiene 45 Bibliotecas universitarias de más de un millón de ejemplares cada una.
Pero en muchos países nuestros latinoamericanos esa centralidad de la Biblioteca universitaria se ha venido perdiendo y, con ello, la rigurosidad en la construcción de un conocimiento propio y no generado en otra parte, con docentes únicamente capacitados para dictar clases a partir de textos casi siempre de autores de países desarrollados, que no inducen a sus estudiantes a que recurran a los textos de la Biblioteca, porque ellos mismos no la conocen, por lo que mal pueden ser guías legítimos para la búsqueda y utilización de los libros que hay en ella.
De allí, que el esfuerzo de los bibliotecarios debe también orientarse a que no sólo sean ellos mismos los responsables de escoger los libros y todo el material que se adquiera para la Biblioteca, sino que tienen que generar un contacto más estrecho entre los docentes y ellos, que conlleve a una estrategia rigurosa, equilibrada, para que las adquisiciones se hagan con base en planes muy bien concebidos, que respondan a lo que esos docentes recomiendan a sus estudiantes y que éstos, a su vez, acudan cada vez más a la Biblioteca.
En la Biblioteca Pública igual. Si miramos como inspiración lo que hicieron los fundadores de los Estados Unidos, vemos que ellos concibieron a la Biblioteca Pública como la condición esencial para el ejercicio de la participación democrática y así se han mantenido hasta el día de hoy, cuando hasta el acceso a Internet para todos, gratis, se gesta desde estas instituciones.
Este tema da para muchas vertientes, todas susceptibles de analizar en profundidad pero, por ahora, sólo queríamos llegar a esto: para que nuestras Bibliotecas –tanto públicas como Universitarias– vuelvan, o empiecen a tener, la preponderancia, la centralidad y la incidencia que deben mantener en nuestras sociedades, es preciso que también hagamos actividades de promoción de las mismas, es decir, Marketing o Mercadotecnia, para que dejen de ser vistas, como en muchas ciudades, Universidades y pueblos de América Latina, como claustros herméticos, inaccesibles para la mayoría de los estudiantes y la población, y no como lo que en verdad son: la más democrática y popular fuente para alcanzar el conocimiento.
Filosofía Autopsia prematura de la filosofía
Diez problemas. La filosofía no ha muerto, pero debe superar una buena cantidad de enfermedades
Mario Bunge | Filósofo@nacion.com
La filosofía de nuestro tiempo sufre de los siguientes males: (1) reemplazo de la vocación por la profesión, y de la pasión por la ocupación; (2) confusión entre filosofar e historiar; (3) confusión entre profundidad y oscuridad; (4) obsesión por el lenguaje; (5) subjetivismo; (6) refugio en miniproblemas y jeux d’esprit [juegos de ingenio]; (7) formalismo sin sustancia y sustancia informe; (8) desdén por los sistemas: preferencia por el fragmento y el aforismo; (9) divorcio de los dos motores intelectuales de la cultura moderna: la ciencia y la técnica, y (10) desinterés por los problemas sociales. Veámoslos con detalle.
Diagnóstico. El primero de los males es la profesionalización excesiva. Antes, el filosofar era cosa de aficionados, de amantes de la sabiduría. Desde hace un par de siglos, la filosofía es una profesión como cualquier otra. Además, hoy hay tantos puestos de profesor de filosofía que, inevitablemente, muchos de ellos son ocupados por personas sin vocación. Para peor, están obligados a publicar para poder conseguir empleo o ascenso.
Con la comunidad científica ocurre otro tanto: está llena de funcionarios que, en otros tiempos, hubieran sido competentes artesanos, escribientes o abogados. El resultado inevitable de la profesiona-lización de la filosofía y de la ciencia es la pérdida de calidad.
El segundo mal es la confusión entre hacer filosofía y contar su historia. No hay duda de que el conocimiento del pasado de su disciplina es más importante para el filósofo que para el químico o el biólogo, porque muchos problemas filosóficos tienen raíces antiguas y siguen abiertos.
La historia de la filosofía es una herramienta para filosofar; pero ocurre demasiado a menudo que el medio se toma por fin. La consecuencia es que marchamos mirando para atrás. Esta es una aberración. Al fin y al cabo, los historiadores de la filosofía se ocupan de filósofos originales, no de historiadores de la filosofía.
El tercer mal es la confusión entre profundidad y oscuridad. Es verdad que es difícil entender un pensamiento profundo; pero también es verdad que es fácil hacer pasar una perogrullada, o incluso un absurdo, por un pensamiento profundo. Para esto basta utilizar expresiones confusas o retorcidas.
Por ejemplo, al escribir que “el mundo mundea”, que “el tiempo es originariamente la maduración de la temporalidad” y disparates similares, Martin Heidegger se hizo pasar por un pensador profundo. De no ser catedrático alemán, la gente lo habría tomado por loco, cuando no fue sino un charlatán.
El cuarto mal es la obsesión por el lenguaje, que aqueja tanto a los filósofos analíticos como a los existencialistas. Por supuesto que el filósofo debe cuidar el lenguaje, pero en esto no se distingue del matemático, el geólogo, el escritor o el periodista. Además, una cosa es escribir correctamente y con claridad, y otra tomar el lenguaje como tema central de la reflexión filosófica y, para peor, sin hacer caso de los trabajos de los expertos en la materia, o sea, los lingüistas.
Al filósofo no le interesa saber cómo se usa esta o aquella palabra en tal o cual comunidad lingüística. Sin duda, puede interesarle la idea general de lenguaje, pero solo como una de tantas ideas generales. Si se limita al lenguaje, irrita al lingüista y aburre a todos. El resultado es que no enriquece la lingüística ni la filosofía.
El quinto mal es el subjetivismo. Este es el conjunto de doctrinas filosóficas que niegan la realidad objetiva del mundo y la posibilidad de alcanzar verdades objetivas. Ejemplos modernos de subjetivismo son la fenomenología o egología (teoría del yo) de Husserl; la tesis positivista según la cual no hay hechos físicos, sino solo observaciones, y la tesis relativista conforme a la cual cada grupo social construye sus propias verdades, sin que haya modo racional de zanjar entre ellas.
El subjetivismo es comodísimo. Si el mundo es lo que yo imagino, no tengo por qué tomarme el trabajo de estudiarlo; y, si no hay verdades objetivas, no tenemos por qué esforzarnos por encontrarlas. El resultado neto es la devaluación de la investigación científica.
El sexto de los males que aqueja a la filosofía es la atención exagerada que presta a problemas ínfimos y a juegos académicos, tales como las especulaciones sobre mundos posibles. Esta preferencia por lo menudo justifica el viejo dicho cínico: “La filosofía es aquello con lo cual, y sin lo cual, el mundo queda tal y cual”.
El séptimo de los males anotados es el abuso del formalismo sin sustancia, y su complemento, el abuso de lo sustancioso informe. Quienes cometen el primer pecado suelen ser lógicos que creen que la lógica formal no solo es necesaria sino que basta para filosofar.
En el segundo pecado caen quienes no advierten que el tratamiento preciso de problemas profundos exige el uso de algunas herramientas formales lógicas o incluso matemáticas. (Ejemplos: la dilucidación y sistematización de los conceptos de significado y de verdad, de sistema y de emergencia de la novedad, de mente y de reducción.)
El octavo mal es el desdén por la construcción de sistemas filosóficos, so pretexto de que todos los sistemas anteriores, tales como los de Leibniz y Hegel, han fracasado. Esto es como renegar de la física porque cada una de las teorías físicas ha resultado defectuosa. Lo malo no es el esfuerzo de sistematización en sí, sino tal o cual resultado.
Necesitamos sistematizar nuestras ideas porque las ideas aisladas son apenas inteligibles, y porque el propio mundo es un sistema antes que un agregado de objetos desconectados. Una idea cualquiera “arrastra” o “atrae” a otras ideas, así como todo cuerpo atrae a otros cuerpos. Por ejemplo, la idea de negación es incomprensible sin las ideas de proposición y de afirmación.
A partir de Einstein, la idea de tiempo es incomprensible sin relación con las ideas de acontecimiento, materia y espacio. Por estos motivos, necesitamos sistemas conceptuales, o sea, teorías, y debemos construir puentes entre estas. La filosofía no escapa a la necesidad de sistematizar.
El noveno mal es el desinterés por la ciencia y la técnica. Este desinterés lleva a formular especulaciones escandalosamente anacrónicas. Ejemplos: la filosofía de la mente que ignora los hallazgos de la psicología y la neurociencia; la filosofía de la historia que no se da por enterada de las contribuciones de la escuela historiográfica francesa de los Annales, y la filosofía de la acción que no toma nota de los hallazgos de la politología ni de la técnica de la administración de empresas. Este desinterés hace que la filosofía actual sea rara vez de utilidad para la ciencia o la técnica.
Por último , la mayoría de los filósofos vive en la torre de marfil, sin interesarse por los problemas sociales. Por ejemplo, la mayoría de los éticos se desinteresa de los problemas morales que a todos nos plantean la tiranía y la guerra, la pobreza y el deterioro ambiental. Por consiguiente, sus análisis son de interés puramente académico.
Esperanza. En resolución, la filosofía de nuestro tiempo está aquejada de diez males. Cualquiera de ellos hubiera bastado por sí solo para postrarla; los diez morbos juntos la han puesto gravemente enferma; pero enfermedad no es lo mismo que muerte. Más aún, el diagnóstico acertado de una enfermedad precede al tratamiento eficaz, y por ello puede ser la primera fase de la recuperación.
La filosofía no morirá mientras queden personas curiosas por problemas generales cuya solución no tenga otra utilidad que la de ayudarnos a comprender la realidad, en particular al ser humano. El que no todos estos individuos sean catedráticos de filosofía, poco importará a la larga. Tampoco Descartes fue catedrático y, sin embargo, fue el padre de la filosofía moderna. Lo que realmente importa para la salud de la filosofía es mantener viva la curiosidad por las ideas generales. Como reza el dicho popular, “no está muerto quien pelea”.
EL AUTOR ES FÍSICO Y FILÓSOFO ARGENTINO. ESTE ENSAYO APARECIÓ EN SU LIBRO ‘ELOGIO DE LA CURIOSIDAD’ (2001).
Lingüística En otras palabras
SMS y e-mail Los mensajes enviados por Internet y por celular tienen su propio lenguaje.
Alberto Barbieri | El País Internacional@nacion.com
Hace pocos años, en el Vaticano apareció el primer y único cajero automático en latín. “Inserito scidulam quaeso ut faciundam cognoscas rationem” (inserte la tarjeta para acceder a la operación pedida), se puede leer en la pantalla. Las lenguas, incluso las que se dan por muertas, se adaptan a los tiempos, y la comunicación interpersonal vive una época revolucionaria, también para los idioma.
El 3 diciembre de 1992 se envió el primer SMS (“short message service” en inglés, (“servicio de mensajes cortos”); es decir, el primer mensaje remitido por teléfono móvil o celular. Desde entonces, las costumbres comunicativas de las personas han mutado radicalmente. Hoy se mandan casi 7.000 millones al día en todo el mundo. Al teléfono móvil se ha añadido Internet, con la difusión del correo electrónico y de las redes sociales.
Los cambios de lenguaje que las nuevas tecnologías aportan, agitan al mundo académico. Lingüistas, semióticos y filólogos han analizado las consecuencias de aquel lenguaje para la evolución del idioma, tanto que ya hay diccionarios con los términos más usados en los mensajes en español. Algunos llaman Exo x ti y xra ti (Hecho por ti y para ti) a tales diccionarios.
Nuevo espacio.
Según el profesor José Pazo Espinosa del Departamento de Filología de la Universidad Autónoma de Madrid, “lo que ocurre, de forma paradójica y algo invisible para la propia sociedad, es que la escritura se está oralizando, adopta los rasgos de la oralidad: inmediatez, aceptación del error (anacoluto en la lengua oral), predominio de la síntesis y de la simplificación, e inclusión de los aspectos afectivos (entonación en la oralidad, ‘emoticones’ en la escritura)”.
Paolo Leonardi, profesor de Filosofía del Lenguaje de la Universidad de Bolonia (Italia), añade: “Las nuevas tecnologías han conquistado un espacio nuevo: el de la escritura informal. Esta ingresa mucho más en la cotidianidad y se convierte en algo de usar y tirar, como la lengua hablada”.
Las consecuencias de esa transformación preocupan a muchos puristas, asustados por la degeneración del idioma, sobre todo entre los jóvenes.
José Portolés Lázaro, catedrático de lengua española, comenta que “el único problema se produce cuando, con la redacción y la ortografía de un SMS, se componen textos que deben ser más elaborados. Aquí comienza la tarea de los profesores... De todos modos, esto no solamente les ocurre a los adolescentes: existen profesionales que redactan informes en el programa Power Point. Por pereza o por falta de domino de la escritura, utilizan un medio que se ha pensado como apoyo de una exposición oral”.
De la misma opinión es la lingüista Maria Pozzato, de la Universidad de Bolonia. “El problema es el empobrecimiento cultural, que no se vincula a los medios de comunicación: no debe culparse a los mensajes electrónicos si la gente ya no piensa. En la realidad, la política se simplifica, se rebajan las inversiones en la escuela, y la sociedad se orienta hacia un consumo que no prevé el consumo cultural”.
Portolés afirma: “No hay una evolución en la lengua, sino una ortografía distinta que no pretende ser académica. Otra cosa es que en las clases de lengua se enseñe a escribir mensajes o a mantener un ‘blog’. La Real Academia propone decir ‘bitácora’ en lugar de ‘blog’, y ya ven el caso que le hacen...”.
Uso descuidado. Para Joan Martí i Castell, presidente de la Sección Filológica del Institut d’Estudis Catalans, “las academias o los modelos y las autoridades para las lenguas no tienen por qué oficializar ciertas evoluciones que son fruto de un uso descuidado, demasiado relajado, propio solamente de una parte de la sociedad. Sin embargo, la misión de los organismos que establecen las normas de las lenguas es actualizarla a partir de su evolución en el uso general normal; pero los SMS no reflejan un uso ni general ni normal”.
Al margen de que pueda considerarse normal, hay quien empieza a preguntarse si los rasgos de la nueva escritura digital puedan llegar a influir en la lengua hablada.
Portolés es lapidario: “Nadie habla como escribe un mensaje, con abreviaciones. Prueben ustedes a decir: ‘¿A q hr qdmos?’. Eso sí, puede que alguna palabra o frase muy usadas en los mensajes, pase al habla diaria, pero esto es normal. Antes de que existiera el futbol nadie decía: ‘Nos han metido un gol’”.
Según Pazo, el móvil e Internet nos hacen más vulnerables a los mensajes de los demás. Somos seres comunicados hasta en el cuarto de baño, en ámbitos que antes se rodeaban de una mayor intimidad. Además, estamos obligados a la respuesta pronta; pero lo que más asusta a la opinión pública, los ‘emoticones’ o la supresión de las vocales en los SMS, son fenómenos muy similares a los que han ocurrido en otras lenguas hace siglos, como los ideogramas chinos”.
El gran reto quizá se vincule al contacto entre personas que hablan idiomas distintos, más que al uso de nuevos medios. “Hasta hace unos años se pensaba en un ‘inglés universal’; hoy, con la emergencia de India y China, nadie sabe qué hablará la gente dentro de 50 años para entenderse entre continentes”.
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